Mi madre volvió a mirar el nombre escrito al final de la carta.
Teresa Navarro.
Lo pronunció tan despacio que parecía temer que decirlo en voz alta pudiera hacer desaparecer aquel pedazo de papel.
—¿Quién era Teresa? —pregunté.
Mamá cerró los ojos.
—Tenía quince años cuando llegó a aquella casa. Era la más pequeña de todas.
Su voz comenzó a quebrarse.
—Estaba aterrorizada. Las primeras noches dormía agarrada a mi mano porque tenía miedo de quedarse sola.
Me senté junto a ella.
Por primera vez empezaba a comprender que aquella pequeña flor azul no representaba solamente un episodio oscuro de su juventud. Representaba personas reales. Rostros que mi madre había intentado olvidar y que, sin embargo, seguían viviendo dentro de ella.
—¿Por qué pensabas que había muerto por tu culpa?
Mamá tardó en responder.
—La noche de nuestra huida, Teresa debía venir con nosotras.
Isabel había conseguido las llaves de una puerta trasera y había esperado durante semanas hasta encontrar el momento adecuado.
Las nueve chicas conocían el plan.
Pero aquella noche todo salió mal.
Alguien apareció antes de lo previsto.
Las chicas tuvieron apenas unos minutos para decidir.
—Isabel abrió la puerta y nos dijo que corriéramos —continuó mamá—. Yo llevaba a Teresa de la mano.
Mamá miró su propia mano como si todavía pudiera sentir los dedos de aquella adolescente entre los suyos.
—Entonces escuchamos voces detrás de nosotras. Teresa tropezó.
—¿Y qué hiciste?
Una lágrima cayó sobre la sábana.
—Volví a buscarla.
Pero Teresa le había gritado que siguiera corriendo.
Mamá se negó.
Entonces apareció Isabel, agarró a mi madre por los hombros y prácticamente la arrastró hacia la salida.
—La última vez que vi a Teresa estaba levantándose del suelo —susurró mamá—. Después cerraron aquella puerta.
Durante cuarenta y tres años, esa había sido la última imagen que conservaba de ella.
—Pensé que si hubiera sido más fuerte... si hubiera conseguido sujetarla...
—Tenías diecisiete años, mamá.
—Pero prometí que no la dejaría.
Ahora entendía algo que siempre me había resultado extraño.
Mi madre jamás rompía una promesa.
Ni siquiera las pequeñas.
Cuando yo era niña y me prometía que asistiría a una función escolar, aparecía aunque estuviera enferma o hubiera trabajado todo el día.
Cuando prometía llamar, llamaba.
Cuando prometía regresar, regresaba.
Yo siempre había pensado que simplemente era parte de su personalidad.
Ahora comprendía de dónde venía.
Había una promesa de su adolescencia que creía haber roto para siempre.
El médico señaló la carta.
—Continúe leyendo.
Había otra hoja doblada dentro del sobre.
Mamá la sacó.
Esta vez leyó en voz alta.
—“Lucía, durante años creímos lo mismo que tú. Pero Teresa sobrevivió.”
Mamá tuvo que detenerse.
Yo continué por ella.
—“Salió de aquella casa dos días después que nosotras. Una mujer que vivía cerca la encontró caminando junto a una carretera y la ayudó. Teresa nunca consiguió localizarte porque tú ya habías cambiado de nombre.”
Mi madre comenzó a llorar.
Pero aquellas lágrimas eran diferentes.
No eran de miedo.
Eran las lágrimas de alguien a quien acababan de quitar de los hombros un peso que había llevado durante casi toda una vida.
—Sobrevivió —repetía—. Teresa sobrevivió.
La abracé.
Durante unos minutos olvidamos que había un médico y dos agentes de seguridad en la habitación.
Solo éramos una madre y una hija intentando comprender cuarenta y tres años de silencio.
Entonces llegué al último párrafo.
Y algo volvió a cambiar.
“Hay una razón por la que necesito encontrarte ahora. Teresa recuerda algo de aquella casa que ninguna de nosotras sabía. Algo relacionado con las flores. Descubrimos que nuestros tatuajes no eran simplemente números de identificación.”
Dejé de leer.
—Mamá...
Ella tomó la carta.
Sus ojos recorrieron las últimas líneas.
Su rostro volvió a ponerse pálido.
—¿Qué significaban entonces? —pregunté.
El médico intervino.
—Eso es precisamente lo que los investigadores están intentando averiguar.
Uno de los agentes sacó una fotografía de una carpeta.
La colocó sobre la mesa.
Aparecían cuatro dibujos de flores azules.
Cada una tenía una cantidad diferente de puntos.
Dos.
Tres.
Cinco.
Siete.
—Hasta hace seis meses —explicó— se pensaba que los puntos servían simplemente para distinguir a las chicas.
Señaló las marcas.
—Pero Teresa aseguró que eran otra cosa.
—¿Qué?
—Una referencia.
Mi madre frunció el ceño.
—¿A qué?
El agente negó lentamente con la cabeza.
—Eso es lo que todavía no sabemos.
Entonces señaló la parte inferior de la fotografía.
Había algo que jamás habíamos visto.
Una flor prácticamente idéntica aparecía grabada en una pequeña pieza metálica encontrada durante unas obras en un edificio abandonado a las afueras de Valencia.
Debajo había tres puntos.
Los mismos que llevaba mi madre.
—Ese edificio —dijo el agente— coincide aproximadamente con la descripción que dieron varias de las mujeres.
Mi madre dejó de respirar durante un instante.
—La casa.
—Creemos que sí.
Sentí un escalofrío.
—¿La encontraron?
—Lo que queda de ella.
El edificio llevaba décadas abandonado y había sufrido varias reformas. Sin embargo, durante unas obras recientes apareció una habitación que no figuraba en ninguno de los planos modernos.
Dentro encontraron cajas antiguas, documentos deteriorados y fotografías.
Pero hubo un descubrimiento especialmente extraño.
Nueve pequeños sobres.
Cada uno llevaba dibujada una flor azul.
El agente miró directamente a mi madre.
—Uno de esos sobres tenía tres puntos.
Mi madre llevó automáticamente la mano hacia su tatuaje.
—El mío.
—Eso creemos.
—¿Qué había dentro?
El agente guardó silencio.
Mi madre volvió a preguntar.
—¿Qué encontraron?
—Documentos relacionados con su identidad antes de convertirse en Elena Martín.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Qué clase de documentos?
El agente miró primero a mi madre.
—Una partida de nacimiento.
Ella pareció confundida.
—Yo ya conozco mi fecha de nacimiento.
—La fecha coincide.
—Entonces, ¿qué tiene de extraño?
El hombre respiró profundamente.
—El nombre de su madre.
Mi madre quedó inmóvil.
—Mi madre se llamaba Carmen.
El agente negó lentamente.
—No según ese documento.
Por primera vez, mi madre pareció enfadarse.
—Eso es imposible.
—Precisamente por eso necesitamos comprobar su autenticidad.
—¿Qué nombre aparece?
El agente abrió la carpeta.
Sacó una copia protegida dentro de una funda transparente y la colocó delante de nosotras.
Mi madre miró la línea correspondiente.
Y vi cómo su expresión se transformaba.
—No... —susurró.
Me incliné para leer.
El nombre escrito allí era:
Isabel Navarro.
Miré inmediatamente a mi madre.
—¿Isabel?
Ella parecía incapaz de hablar.
—La misma Isabel que te ayudó a escapar...
Mamá levantó lentamente los ojos.
—No puede ser.
Pero entonces recordé el apellido.
Navarro.
El mismo apellido que Teresa.
—Mamá, ¿Isabel y Teresa eran familia?
Ella negó con la cabeza.
—Nunca lo supimos. En aquella casa nadie utilizaba apellidos.
El médico se acercó.
—Todavía no sabemos si ese documento es auténtico ni qué significa realmente. Por eso nadie quiere sacar conclusiones.
Pero mi madre apenas parecía escucharlo.
Durante toda su vida había creído conocer al menos una parte sencilla de su pasado: quiénes habían sido sus padres.
Ahora incluso eso estaba en duda.
Entonces el agente dijo algo todavía más inesperado.
—Hay una persona que quizá pueda aclararlo.
Mamá levantó la mirada.
—¿Quién?
El hombre señaló la carta que seguía entre sus manos.
—Teresa.
Mi madre se quedó completamente inmóvil.
—¿Está viva?
—Sí.
Aquella única palabra pareció detener el tiempo.
Después de cuarenta y tres años creyendo que aquella niña de quince años había desaparecido para siempre, mi madre acababa de descubrir que seguía viva.
—¿Dónde está?
El agente sonrió ligeramente por primera vez.
—No muy lejos.
Mi madre apretó mi mano.
—Quiero verla.
—Podemos intentar organizarlo cuando termine su recuperación.
Mamá negó con la cabeza inmediatamente.
—No.
—Señora Martín, tiene una operación programada...
—He esperado cuarenta y tres años.
Miró la flor azul de su muñeca.
Luego volvió a mirar al agente.
—No pienso esperar otros cuarenta y tres minutos.
Y fue entonces cuando alguien llamó suavemente a la puerta.
Tres golpes.
El agente se giró.
El médico también.
Mamá dejó de respirar.
La puerta se abrió lentamente.
En el pasillo había una mujer de cabello completamente blanco, apoyada en un bastón.
Parecía tener cerca de sesenta años.
Durante unos segundos, ella y mi madre simplemente se miraron.
Después la desconocida levantó la manga de su brazo.
En su muñeca había una pequeña flor azul.
Siete puntos.
Mi madre comenzó a llorar antes de que la mujer pronunciara una sola palabra.
—Lucía —dijo ella.
Mamá se llevó una mano a la boca.
La mujer sonrió entre lágrimas.
—Esta vez sí volviste a buscarme.






