Lucas se acercó a la ventana y apartó la cortina de un tirón.
Las luces azules seguían aproximándose.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró.
Javier mantuvo la calma.
—Probablemente una patrullera. En esta zona realizan controles con frecuencia.
Lucas se volvió hacia él.
—¿En aguas internacionales?
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Javier no respondió inmediatamente, y aquello pareció despertar las sospechas de Lucas. Se acercó a la puerta.
—Voy a hablar con el capitán.
Antes de salir, me señaló el plato.
—Cómete la sopa. Necesitas descansar.
Esperamos hasta escuchar sus pasos desaparecer por el pasillo.
Entonces dejé caer la cuchara.
—¿Es mi padre?
—No lo sé —respondió Javier—. Y precisamente por eso debemos tener cuidado.
Sacó la muestra de sopa que había guardado y la escondió dentro de su chaqueta.
—Quédese aquí. Cierre la puerta.
—¿Y usted?
—Voy a averiguar quién viene.
Javier salió.
Cerré inmediatamente con llave y recuperé mi segundo teléfono.
Tenía tres mensajes de mi padre.
NO SUBAS A CUBIERTA.
NO COMAS NI BEBAS NADA QUE TE DEN.
Y el último:
NO CONFÍES EN NADIE HASTA QUE ESCUCHES LA PALABRA “ALHAMBRA”.
Me quedé mirando aquella palabra.
Alhambra.
Era nuestra clave familiar.
Cuando yo tenía doce años, mi padre empezó a utilizarla durante nuestros viajes. Si alguna vez enviaba a alguien a buscarme en una emergencia, esa persona debía conocer aquella palabra.
Solo entonces debía confiar.
Eso significaba algo inquietante.
Mi padre tampoco confiaba completamente en Javier.
Guardé el teléfono.
Apenas habían pasado dos minutos cuando alguien llamó.
—Soy Javier.
No abrí.
—¿Qué ocurre?
—La embarcación está solicitando autorización para acercarse. Necesito que venga conmigo.
Recordé el mensaje.
—¿Quién la envió?
Hubo un silencio.
—Su padre.
—¿Qué palabra utilizó?
Otro silencio.
Demasiado largo.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—Señora, no tenemos tiempo para esto.
Retrocedí lentamente.
—Dime la palabra.
La manilla de la puerta se movió.
—Abra, por favor.
No respondí.
Entonces escuché otra voz al otro lado.
Era Lucas.
—Cariño, abre. Parece que tenemos un pequeño problema con unos inspectores.
Sentí un frío profundo recorrerme la espalda.
Javier y Lucas estaban juntos.
Miré alrededor buscando otra salida.
La puerta del balcón.
Salí al exterior.
El viento era mucho más fuerte que antes. El cielo se había oscurecido y las olas golpeaban el casco con violencia creciente.
No tenía intención de saltar.
Solo necesitaba ganar tiempo.
Desde el balcón podía acceder a una estrecha zona lateral que conectaba con otro camarote.
Entonces escuché el sonido de la cerradura.
Alguien estaba intentando abrir mi puerta desde fuera.
Me moví rápidamente.
Al llegar al camarote contiguo, encontré la puerta del balcón abierta.
Entré.
Estaba vacío.
Sobre una silla había ropa de mujer.
Un vestido.
Un bolso.
Y encima de la mesa, una fotografía.
Lucas e Isabel.
La misma mujer que Javier me había enseñado.
Así que aquel era su escondite.
Abrí el bolso.
Dentro encontré un pasaporte a nombre de Isabel Moreno, varios miles de euros y dos billetes de avión.
Barcelona–Zúrich.
Fecha: dentro de cuatro días.
Dos pasajeros.
Lucas Ferrer.
Isabel Moreno.
Pero debajo había algo todavía más importante.
Un teléfono.
La pantalla estaba desbloqueada.
Abrí los mensajes.
Había cientos entre Isabel y Lucas.
No tuve tiempo de leerlos todos.
Fotografié rápidamente la conversación con mi segundo móvil.
Entonces vi un mensaje enviado aquella mañana.
Isabel: “¿Y si la autopsia descubre las pastillas?”
Lucas: “No habrá cuerpo.”
El siguiente mensaje hizo que se me secara la boca.
Isabel: “¿Tu padre ya preparó la transferencia?”
Lucas: “Sí. Pero primero necesitamos que parezca un accidente. A las 00:15 estará todo terminado.”
00:15.
Miré la hora.
21:06.
Tenía tres horas.
De repente escuché voces acercándose.
Me escondí detrás de la puerta del baño.
Isabel entró.
Y no estaba sola.
Gertrudis venía detrás de ella.
—Lucas está nervioso —dijo Isabel—. Esa patrullera no debería estar aquí.
Gertrudis cerró la puerta.
—Entonces adelantamos el plan.
Sentí que dejaba de respirar.
—¿Cuánto?
—Ahora.
Isabel se quedó en silencio.
—Pero todavía está consciente.
Gertrudis respondió con una frialdad aterradora.
—Por eso vamos a darle otra dosis.
—¿Y si se niega?
Gertrudis soltó una pequeña risa.
—Entonces dejaremos de fingir.
Esperé hasta que ambas salieron.
Solo entonces abandoné mi escondite.
Necesitaba llegar al capitán.
Abrí la puerta del camarote y avancé por un pasillo de servicio para evitar encontrarme con Lucas.
Cuando llegué al puente, dos tripulantes estaban discutiendo.
El capitán me vio.
—Señora Ferrer, ¿qué hace aquí?
—Necesito saber quién viene en esa embarcación.
El capitán miró a los demás.
—Déjennos solos.
Cuando se marcharon, cerró la puerta.
—Hace veinte minutos recibimos una comunicación de emergencia. Una patrullera solicitó acercarse alegando una investigación.
—¿Quién la envió?
—No lo sabemos.
—¿Mi padre habló con usted?
Su expresión cambió.
—Sí.
—¿Qué le dijo?
El capitán se acercó.
Mi cuerpo se tensó.
Entonces pronunció una sola palabra:
—Alhambra.
Casi se me doblaron las rodillas del alivio.
Le entregué mi teléfono.
—Mi marido y su familia quieren matarme.
El capitán leyó los mensajes fotografiados.
Su rostro perdió el color.
—Tenemos que llevarla inmediatamente a una zona segura.
—También quieren hacerle algo a mis padres.
—Su padre ya está protegido. Me pidió que no se lo dijera hasta que pudiéramos verificar la situación.
Por primera vez desde que había escuchado aquella conversación, sentí que podía respirar.
Pero todavía faltaba Lucas.
—¿Qué hacemos ahora?
El capitán miró el reloj.
—Nada.
Lo miré confundida.
—¿Nada?
—Su padre quiere pruebas suficientes para que ninguno pueda decir después que todo fue una conversación sacada de contexto.
Entonces comprendí.
—Quiere que sigamos con el plan.
—Hasta cierto punto.
El capitán abrió un compartimento y sacó un pequeño dispositivo.
—Micrófono. Todo lo que ocurra quedará grabado.
Lo miré incrédula.
—¿Quiere que vaya con Lucas?
—Nunca estará sola. Seguridad estará a pocos metros y nosotros veremos cada movimiento desde las cámaras.
Pensé en las pastillas.
En Isabel.
En Gertrudis.
En los mensajes.
Y finalmente asentí.
A las 23:47 regresé al camarote.
Me puse un vestido ligero y fingí estar mucho más débil de lo que realmente estaba.
Lucas llegó exactamente cinco minutos después.
—¿Lista para ver las estrellas?
Sonreí.
—Sí.
Me ofreció el brazo.
Caminamos hacia la cubierta de popa.
El viento golpeaba con fuerza.
No había nadie.
Al menos aparentemente.
Lucas me llevó hasta la barandilla.
—Mira qué bonito está el mar.
Me acerqué.
Las olas negras parecían no tener final.
Lucas se colocó detrás de mí.
Entonces escuché su respiración junto a mi oído.
—¿Sabes qué es lo mejor de estar tan lejos de tierra?
—¿Qué?
Sus manos se apoyaron lentamente sobre mis hombros.
—Que aquí los accidentes son muy difíciles de explicar.
Sentí cómo aumentaba la presión de sus dedos.
Pero no me moví.
—Lucas...
—Lo siento, cariño.
Y justo cuando comenzó a empujarme hacia la barandilla, una voz atravesó la oscuridad.
—Creo que ya hemos escuchado suficiente.
Las luces de toda la cubierta se encendieron de golpe.
Lucas se quedó inmóvil.
El capitán apareció desde una puerta lateral acompañado por dos miembros de seguridad.
Pero no fueron ellos quienes hicieron desaparecer por completo el color del rostro de mi marido.
Desde las escaleras apareció Javier.
Esta vez sostenía la caja negra.
Me miró directamente.
Y dijo:
—Alhambra.
Entonces comprendí por qué mi padre había insistido tanto en que no confiara en nadie.
Javier había estado fingiendo delante de Lucas.
Y dentro de aquella caja no solo estaban los documentos falsificados.
Había algo mucho más peligroso para toda su familia.
Algo que Lucas todavía no sabía que habíamos encontrado.






