—¿Cómo que ya sabe quién es Emma?
Laura no contestó enseguida.
Daniel se acercó a ella.
—Acabas de decir que encontraste a mi hermano hace tres semanas. Yo llevo años creyendo que no quería saber nada de nosotros. ¿Dónde está?
—Daniel, hay cosas que todavía no entiendes.
—Pues empieza a explicarlas.
Laura miró hacia la ventana antes de continuar.
—Michael volvió hace aproximadamente dos meses.
—¿Volvió de España?
—Sí. Se instaló en un pueblo cercano. Yo me enteré por casualidad cuando una antigua amiga publicó una fotografía en redes sociales. Lo reconocí inmediatamente.
Mi mente apenas podía seguir aquella conversación.
Diecisiete años.
Durante diecisiete años no había sabido absolutamente nada del hombre al que conocí en Madrid.
Y ahora descubría que vivía a menos de veinte kilómetros de mi casa.
—¿Fuiste a verlo? —pregunté.
Laura asintió.
—Necesitaba respuestas.
—¿Sobre Emma?
—Sobre todo.
Mark me observaba en silencio. Ya no había enfado en su rostro. Parecía simplemente desorientado.
—¿Qué te dijo Michael?
Laura juntó las manos.
—Cuando mencioné tu nombre, Claire, supo inmediatamente quién eras.
Sentí un escalofrío.
—¿Se acordaba de mí?
—Perfectamente.
La habitación quedó en silencio.
—Entonces le enseñé una fotografía de Emma.
—¿Por qué harías algo así?
—Porque necesitaba ver su reacción.
—¿Y cuál fue?
Laura me miró.
—Se sentó y empezó a llorar.
No esperaba aquella respuesta.
—¿Lloró?
—Sí. Después me preguntó cuántos años tenía Emma.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Y?
—Le dije dieciséis.
Laura respiró profundamente.
—Entonces empezó a hacer cuentas.
Miré hacia el suelo.
Yo también las estaba haciendo.
Las fechas encajaban.
Mi relación con Michael había terminado poco antes de regresar de Madrid. Meses después conocí a Mark.
Durante años había creído que Mark era el padre de Emma porque nunca había tenido motivos para pensar lo contrario.
Pero ahora…
—¿Michael dijo que podía ser su padre?
—No exactamente.
—¿Qué dijo?
Laura dudó.
—Dijo: “Entonces Claire nunca recibió mi carta”.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué carta?
—Eso mismo le pregunté.
Laura explicó que, después de mi regreso, Michael había intentado ponerse en contacto conmigo.
Había enviado cartas a la dirección donde yo vivía entonces con mis padres.
Nunca recibí ninguna.
—Eso no tiene sentido —dije—. ¿Por qué no me llamó?
—Lo intentó.
—Nunca recibí una llamada.
—Según él, un hombre contestó varias veces y le dijo que dejara de buscarte.
Me quedé completamente quieta.
—¿Qué hombre?
Laura me miró.
—Tu padre.
Aquellas palabras me dolieron de una forma inesperada.
Mi padre había muerto seis años atrás.
Ya no podía preguntarle.
Recordé lo poco que le había gustado mi decisión de estudiar en España. Para él, Michael siempre había sido simplemente “aquel chico extranjero” que me distraía de mis planes.
—Michael asegura que tu padre le dijo que tú no querías volver a saber nada de él.
Negué lentamente con la cabeza.
—Eso nunca fue verdad.
—Él lo creyó.
Daniel interrumpió.
—¿Y por qué mi hermano desapareció de nuestra familia?
Laura lo miró.
—Eso tendrás que preguntárselo a él.
—Pienso hacerlo.
—Hay algo más.
Todos volvimos a mirarla.
—Cuando enseñé a Michael la fotografía de Emma, quiso verla inmediatamente.
Me puse tensa.
—¿La ha visto?
—No personalmente.
Respiré aliviada.
—Pero sabe dónde estudia.
Mi alivio desapareció.
—¿Le dijiste dónde estudia mi hija?
—No.
—Entonces, ¿cómo lo sabe?
Laura bajó la mirada.
—Porque ya había visto a Emma antes.
Sentí frío.
—¿Dónde?
—En una cafetería cerca del instituto.
—¿Cuándo?
—Hace aproximadamente un mes.
Intenté recordar.
Emma solía ir allí con Sofía después de clase.
—¿Habló con ella?
—Según él, no.
—¿Según él?
—Dice que simplemente la vio entrar con unas amigas. Algo en su cara le resultó familiar, pero no supo por qué hasta que yo le enseñé la fotografía.
Daniel negó con la cabeza.
—Esto se está saliendo de control.
Tenía razón.
Demasiadas personas habían tomado decisiones sobre nuestras hijas sin permitirles saber siquiera que existía un problema.
Me levanté.
—Mañana vamos a hacer las pruebas.
Mark asintió.
Daniel también.
Laura permaneció callada.
—Y quiero hablar con Michael.
—Puedo llamarlo —dijo Laura.
—No. Quiero verlo cara a cara.
A la mañana siguiente apenas había dormido.
Emma bajó a desayunar con los ojos hinchados.
—Mamá, ¿Sofía te contó por qué no me quiere en su fiesta?
La pregunta me atravesó.
No podía mentirle.
Pero tampoco podía arrojar sobre una chica de dieciséis años todas aquellas revelaciones sin tener respuestas definitivas.
—Descubrimos que existe un problema entre nuestras familias que empezó mucho antes de que vosotras nacierais.
Emma frunció el ceño.
—¿Qué clase de problema?
Mark apareció en la cocina.
Emma lo miró.
—¿Tiene algo que ver contigo, papá?
Él se quedó inmóvil.
Por primera vez comprendí que mantener el secreto unas horas más solo repetiría exactamente el mismo error que nos había llevado hasta allí.
Me senté junto a ella.
—Sí.
Emma palideció.
Le expliqué únicamente lo que sabíamos con certeza.
Mark había tenido una relación con Laura muchos años antes.
Sofía había descubierto documentos familiares inesperados.
Y necesitábamos hacer nuevas pruebas para aclararlo todo.
No le dije que Michael podía ser su padre.
Todavía no.
Emma escuchó en silencio.
Después hizo una sola pregunta.
—¿Sofía me odia?
—No.
—Entonces quiero verla.
Esa misma tarde, Emma y Sofía se encontraron por primera vez desde que todo había empezado.
Las dos se quedaron frente a frente sin saber qué decir.
Finalmente Sofía rompió a llorar.
—Lo siento.
Emma también empezó a llorar.
—Pensé que había hecho algo.
—No hiciste nada.
—Entonces ¿por qué huiste de mí?
Sofía se secó las lágrimas.
—Porque descubrí algo sobre nuestros padres y tuve miedo de que, cuando tú lo supieras, nunca quisieras volver a verme.
Emma la abrazó.
—Eres mi mejor amiga. Lo que hayan hecho ellos no cambia once años.
Aquella frase me golpeó.
Las dos adolescentes estaban demostrando más madurez que los adultos que las rodeábamos.
Dos días después llegaron los primeros resultados.
La prueba confirmó nuevamente que Mark era el padre biológico de Sofía.
Pero el resultado relacionado con Emma fue diferente.
Mark no era su padre biológico.
Esta vez no existía ninguna duda.
Mark leyó el documento tres veces.
Emma todavía no conocía aquel resultado.
—Necesitamos la muestra de Michael —dije.
Daniel consiguió convencer a su hermano para que viniera aquella tarde.
Cuando sonó el timbre, fui yo quien abrió.
El hombre que estaba al otro lado tenía más canas y profundas líneas alrededor de los ojos.
Pero lo reconocí inmediatamente.
Michael también me reconoció.
Durante varios segundos ninguno habló.
—Claire.
Escuchar mi nombre en su voz después de diecisiete años me transportó instantáneamente a Madrid.
—Hola, Michael.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Pensé que nunca volvería a verte.
No respondí.
—Necesitamos saber la verdad.
Él asintió.
—Por eso he venido.
Michael aceptó hacerse la prueba.
Después esperábamos.
Y durante aquellas cuarenta y ocho horas comprendí algo importante.
No me importaba cuál fuera el resultado.
Emma seguiría siendo mi hija.
Mark era el hombre al que ella había llamado papá durante toda su vida.
Un documento podía explicar su origen.
No podía borrar dieciséis años.
Finalmente llegó el correo electrónico del laboratorio.
Abrí el informe con Mark y Michael sentados frente a mí.
Daniel permanecía junto a la ventana.
Laura estaba al otro lado de la habitación.
Leí la primera línea.
Después la segunda.
Y tuve que detenerme.
—¿Qué dice? —preguntó Michael.
Volví a leerla.
La probabilidad de paternidad era superior al 99,9 %.
Michael era el padre biológico de Emma.
Cerró los ojos.
Mark bajó la cabeza.
Pero Daniel se acercó al documento.
—Entonces hay algo que sigo sin entender.
Lo miré.
—¿Qué?
—La antigua prueba decía que Emma y Sofía tenían un vínculo biológico cercano.
Todos miramos a Laura.
Ella palideció nuevamente.
Michael tomó el informe antiguo y comenzó a leerlo.
De repente frunció el ceño.
—Esto no dice que las chicas compartan un progenitor.
—Lo sé —respondió Laura.
—Dice que existe una relación familiar probable entre determinadas muestras.
Michael levantó la cabeza.
Entonces miró a Mark.
Después a Daniel.
—¿Qué muestras enviaste exactamente?
Laura no respondió.
Y fue entonces cuando Daniel comprendió algo.
—Laura… ¿usaste mi ADN también?
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque cuando Sofía nació… yo tampoco estaba completamente segura de quién era su padre.
Mark se levantó.
—¿Qué acabas de decir?
Daniel se quedó blanco.
Michael dejó caer lentamente el informe sobre la mesa.
Yo pensé que ya habíamos descubierto todos los secretos.
Estaba equivocada.
La prueba que había iniciado aquella pesadilla no escondía solamente la verdadera identidad del padre de Emma.
También significaba que la historia que Laura nos había contado sobre Sofía podía no ser completamente cierta.
Y ahora, por primera vez, incluso Mark tenía que preguntarse si aquella chica a la que había considerado su hija durante dieciséis años realmente lo era.






