Continuación
El trayecto hasta el hospital duró apenas veinte minutos, pero me pareció interminable.
Javier insistió en acompañarme. Carmen se quedó en casa con Mateo y los invitados fueron marchándose poco a poco, llevándose consigo preguntas que yo todavía no podía responder.
Durante todo el camino, Javier intentó hablar.
—Laura, lo que vas a escuchar no cambia lo que siento por ti.
Miré por la ventanilla.
—No vuelvas a decirme lo que debería significar para mí la verdad antes de que me la cuentes.
Se quedó callado.
Al llegar al hospital, una administrativa nos condujo hasta un pequeño despacho del departamento de genética. Allí nos esperaba la doctora Elena Ruiz, una especialista a la que conocía de vista por mi trabajo.
Sobre su escritorio había otra carpeta.
—Laura —dijo—, antes de empezar necesito aclarar algo. Hace unos meses solicitaste acceso completo a tus antecedentes médicos relacionados con fertilidad y embarazo.
Asentí.
Lo recordaba. Después de quedarme embarazada había pedido una copia de mi historial porque quería conservar toda la documentación.
—Parte de esa información no apareció en la copia que recibiste —continuó—. Al revisar el registro interno descubrimos que determinados documentos habían sido consultados y posteriormente se había solicitado restringir su entrega.
Miré inmediatamente a Javier.
—¿Fuiste tú?
No respondió.
La doctora Ruiz mantuvo la calma.
—No puedo sacar conclusiones sobre sus motivos. Pero sí puedo enseñarte lo que pertenece a tu expediente.
Deslizó una hoja hacia mí.
En la parte superior aparecía el nombre de una clínica privada de reproducción asistida.
Sentí que el estómago se me cerraba.
—Nunca he estado en esta clínica.
—No —respondió la doctora—. Pero el laboratorio colaboró con la clínica donde realizaste vuestro tratamiento de fertilidad hace seis años.
Seis años.
Antes de que naciera Mateo.
Mis manos empezaron a temblar.
Javier se levantó.
—Laura, déjame explicarlo.
—Siéntate.
Nunca había hablado así con él.
Se sentó.
La doctora continuó.
—Cuando intentasteis concebir por primera vez, se conservaron muestras biológicas como parte del proceso. Según estos registros, posteriormente hubo una revisión interna relacionada con la identificación de una de esas muestras.
Levanté la mirada.
—¿Qué significa “identificación”?
La doctora hizo una pausa.
—Significa que surgieron dudas sobre si una muestra atribuida a Javier realmente pertenecía a Javier.
Todo dentro de mí se quedó en silencio.
Pensé inmediatamente en Mateo.
—¿Está diciendo que Javier podría no ser el padre de mi hijo?
—No podemos afirmar eso sin pruebas actuales —respondió ella—. Y quiero que quede muy claro. Un registro antiguo no demuestra paternidad ni ausencia de ella.
Me llevé una mano a la boca.
Entonces Javier comenzó a llorar.
No era la reacción de un hombre que acababa de enterarse.
Era la reacción de alguien que llevaba demasiado tiempo esperando ese momento.
—Tú ya lo sabías —susurré.
Él asintió.
—Desde hace ocho meses.
Sentí una punzada de rabia.
—¿Ocho meses?
—Cuando supimos que estabas embarazada otra vez, pedí que revisaran nuestros antiguos registros. Pensaba que podía existir un problema hereditario por lo que había descubierto sobre mi propia familia. Entonces apareció la incidencia de la clínica.
—¿Y decidiste esconderla?
—Entré en pánico.
—No. Entrar en pánico dura una noche, Javier. Tú me mentiste durante ocho meses.
La doctora nos dejó unos minutos a solas.
Cuando la puerta se cerró, miré al hombre con quien había compartido once años de mi vida.
—Ahora me vas a contar todo.
Javier se secó las lágrimas.
—Cuando apareció el problema con las muestras, mamá insistió en que no te dijera nada hasta estar seguros. Yo quería hacer una prueba con Mateo.
Me levanté de golpe.
—¿Le hiciste una prueba a nuestro hijo sin decírmelo?
—No.
Su respuesta fue inmediata.
—No pude hacerlo. Preparé los papeles, pero cada vez que miraba a Mateo pensaba que no importaba lo que dijera un laboratorio. Yo soy su padre. He sido su padre desde el día en que nació.
Aquellas palabras me frenaron.
Seguía furiosa.
Pero también veía miedo auténtico en sus ojos.
—Entonces ¿qué significa la frase de Carmen? “Cuando Laura descubra quién es realmente el padre…”
Javier negó lentamente con la cabeza.
—No estaba hablando de nuestro bebé.
—Entonces ¿de quién?
Me miró fijamente.
—De mí.
Sentí que volvía a faltarme el aire.
Javier sacó el teléfono y abrió una fotografía de un documento.
—Hace ocho meses me hice una prueba de ADN con mi madre.
Me entregó el móvil.
Leí el resultado dos veces.
Carmen sí era su madre biológica.
Pero había otro informe debajo.
El nombre del hombre que Javier había llamado “papá” durante toda su infancia aparecía junto a una conclusión inequívoca:
paternidad biológica excluida.
Levanté la vista.
—Tu padre no era tu padre.
—No.
—¿Carmen lo sabía?
Javier tardó demasiado en responder.
—Sí.
Entonces comprendí por qué Carmen había estado aterrorizada aquella tarde.
No estaba intentando proteger únicamente a su hijo.
Estaba protegiendo un secreto de más de treinta años.
—¿Quién es tu padre biológico?
Javier miró hacia la puerta antes de responder.
—Eso es lo que mamá se negó a decirme.
Pero entonces recordé algo.
La carpeta escondida debajo de la cama.
Había visto un apellido repetido varias veces entre los correos, aunque en aquel momento no le había prestado atención.
Saqué una fotografía que había tomado de los documentos y amplié la pantalla.
Allí estaba.
Dr. Alejandro Serrano.
El nombre me resultaba extrañamente familiar.
Tardé unos segundos en recordar por qué.
Entonces sentí un frío recorrerme la espalda.
—Javier…
Él me miró.
—¿Qué?
Le enseñé la pantalla.
—Alejandro Serrano trabajaba en la clínica de fertilidad donde nos trataron antes de que naciera Mateo.
Javier se quedó inmóvil.
Y de repente, dos secretos que parecían completamente separados acababan de cruzarse.
Su verdadero padre.
Nuestra antigua clínica.
Las muestras mal identificadas.
Todo conducía al mismo hombre.
Pero todavía faltaba descubrir la pregunta más inquietante de todas:
¿Qué había ocurrido realmente en aquella clínica seis años atrás?






