El teléfono permaneció pegado a mi oído varios segundos después de que la llamada terminara.
Uno de mis hermanos.
Aquellas palabras se repetían en mi cabeza.
Durante toda mi vida, mis cinco hermanos habían sido lo único que jamás había cuestionado de la familia Pembroke. Podían ser dominantes, excesivamente protectores y capaces de guardar secretos durante años, pero nunca había dudado de que me quisieran.
Hasta aquella noche.
Bajé lentamente el teléfono.
Alexander fue el primero en hablar.
—¿Qué ha dicho mamá?
Lo miré.
—Que no deje que ninguno de vosotros saque a Paisley de esta casa.
Los cinco intercambiaron miradas.
—¿Por qué? —preguntó Nathaniel.
No respondí inmediatamente.
Necesitaba observarlos.
Alexander, el empresario.
Marcus, el general.
Sebastian, el hermano cuyos contactos nadie comprendía del todo.
Nathaniel, el experto en leyes.
Julian, el genio informático.
Cinco hombres capaces de abrir prácticamente cualquier puerta.
Y, según nuestra madre, uno llevaba nueve años trabajando con Edmund.
—También dijo que uno de vosotros lo está ayudando.
El silencio fue absoluto.
Marcus fue el primero en reaccionar.
—Eso es imposible.
—¿Lo es?
—Claire, acabamos de venir porque pediste ayuda.
—Y mamá acaba de llamarme después de más de veinte años.
Alexander extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Lo guardé inmediatamente en el bolsillo.
—No.
Su expresión cambió.
—Necesitamos rastrear la llamada.
—Julian puede hacerlo sin quedarse con el teléfono.
Julian asintió.
—Sí.
Alexander lo miró durante un instante demasiado largo.
Fue suficiente para que algo incómodo naciera entre nosotros.
Entonces Sebastian habló por primera vez desde la llamada.
—Nadie sale de esta casa hasta saber qué está pasando.
Genevieve soltó una risa nerviosa.
—Fantástico. Una reunión familiar.
Me volví hacia ella.
—Tú tampoco.
Su sonrisa desapareció.
Julian conectó el teléfono satelital a su ordenador y comenzó a trabajar.
—La llamada rebotó entre varias redes —dijo—. Quien la hizo sabía exactamente cómo ocultarse.
—¿Puedes localizarla?
—Quizá.
Mientras Julian trabajaba, yo observaba a mis hermanos.
Entonces recordé algo.
—El billete.
Todos me miraron.
Cogí la impresión de la reserva Phoenix–Madrid.
Genevieve y Paisley debían viajar al día siguiente.
Pero también Eleanor Ward.
Mi madre.
—Si mamá estaba intentando proteger a Paisley, ¿por qué figura en la misma reserva?
Genevieve respondió:
—Porque ella organizó el viaje.
—¿Mi madre?
—Sí.
—¿Entonces por qué acaba de decirme que no permita que saquen a Paisley de aquí?
Genevieve negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Quién te entregó los billetes?
—Alistair.
Miré a mi marido.
—¿Quién te los dio?
Alistair permaneció callado.
—Contesta.
Finalmente señaló a Alexander.
—Él.
Sentí que algo se rompía dentro de mí.
Todos miraron a mi hermano mayor.
Alexander no reaccionó.
—Está mintiendo.
Alistair se levantó.
—¿Quieres que enseñe los mensajes?
—Hazlo —dijo Alexander.
Alistair sacó su teléfono.
Genevieve intentó detenerlo.
—No seas idiota.
Pero él ya había abierto una conversación.
Me entregó el móvil.
Había mensajes de un número guardado simplemente como A.P.
Uno decía:
«El vuelo está preparado. Asegúrate de que la niña llegue al aeropuerto.»
Otro:
«Claire no debe saber nada hasta que estén fuera del país.»
Y finalmente:
«Después recibirás el resto del dinero.»
Sentí un vacío en el estómago.
—Alexander Pembroke —dijo Alistair—. A.P.
Mi hermano mayor negó lentamente.
—Ese número no es mío.
—Claro.
Alexander miró a Julian.
—Compruébalo.
Julian tomó el teléfono.
Trabajó durante menos de un minuto.
—El número está registrado mediante una empresa intermediaria. No puedo atribuirlo todavía.
Alistair sonrió.
—Qué conveniente.
Entonces Julian amplió los datos.
—Pero hay algo más.
—¿Qué?
—El primer mensaje fue enviado desde Europa.
Miró otra vez la pantalla.
—Madrid.
La acusación contra Alexander acababa de perder fuerza.
Mi madre también estaba relacionada con Madrid.
Y Edmund poseía negocios allí.
Las iniciales A.P. podían pertenecer a cualquiera que quisiera que creyéramos que Alexander estaba detrás.
—Nos están enfrentando —dije.
Sebastian asintió.
—Eso parece.
Pero mi madre había sido demasiado específica.
Uno de ellos llevaba nueve años colaborando con Edmund.
No podía ignorarlo.
Entonces escuchamos pasos arriba.
Todos nos quedamos quietos.
—Paisley —dije.
Corrí hacia las escaleras.
Su habitación estaba vacía.
La ventana estaba cerrada.
El baño también.
—¡Paisley!
Abrí el armario.
Nada.
Mi corazón comenzó a latir violentamente.
—¡PAISLEY!
Mis hermanos subieron corriendo.
Marcus revisó el pasillo.
—Las ventanas siguen cerradas.
—Entonces tiene que estar dentro de la casa.
De repente escuchamos un pequeño golpe procedente de mi dormitorio.
Entré.
Paisley estaba arrodillada junto a mi mesilla.
—Cariño.
Corrí hacia ella y la abracé.
—No vuelvas a desaparecer así.
—Lo siento, mamá.
Tenía algo en la mano.
Un sobre amarillo.
—¿Qué es eso?
—Lo encontré hace unos días.
Miró hacia el pasillo.
—Tenía miedo de enseñártelo porque papá dijo que nunca debía entrar aquí.
Cogí el sobre.
En la parte frontal estaba escrito mi nombre.
CLAIRE PEMBROKE
No Claire Bennett, mi apellido de casada.
Pembroke.
—¿Dónde estaba?
Paisley señaló la parte inferior de la mesilla.
Había un compartimento oculto.
Alistair apareció en la puerta.
En cuanto vio el sobre, perdió el color.
—Dámelo.
Sebastian se interpuso inmediatamente.
—Ni un paso más.
Abrí el sobre.
Dentro había varias fotografías y una carta.
La primera fotografía mostraba a Alistair reuniéndose con Edmund en un restaurante.
La segunda era Genevieve entrando en un hotel.
La tercera mostraba a alguien que no esperaba ver.
Mi hermano Marcus.
Sentado frente a Edmund.
Miré al general.
Marcus no dijo nada.
—Explícalo.
Observó la fotografía.
—No puedo.
—Mamá dijo que uno de vosotros trabajaba con él.
Alexander se volvió hacia Marcus.
—¿Desde cuándo conoces a Edmund?
Marcus apretó la mandíbula.
—Siempre lo he conocido.
—No estoy preguntando eso.
Le enseñé la fotografía.
—¿Cuándo fue tomada?
—Hace ocho años.
Se me heló la sangre.
Un año después de que yo desapareciera.
—Entonces era verdad.
—No como piensas.
—¿Llevas ocho años reuniéndote con Edmund a nuestras espaldas?
—Sí.
Alexander avanzó hacia él.
—¿Por qué?
Marcus me miró.
—Porque estaba buscando a mamá.
Aquello nos detuvo a todos.
—¿Qué?
—Nunca creí que estuviera muerta.
Marcus sacó una pequeña cartera de documentos del interior de su chaqueta.
—Seis meses después de que desaparecieras recibí una postal desde Lisboa. No tenía firma, pero reconocí su letra.
Me entregó una fotografía.
En el reverso había una frase.
«No confíes en el hombre que heredará si Claire desaparece.»
—Pensé que hablaba de Edmund —continuó Marcus—. Así que me acerqué a él. Durante años fingí proporcionarle información.
—¿Información sobre mí?
—Información falsa sobre ti.
Sentí que la rabia disminuía ligeramente.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque cuanto menos supieras, más segura estabas.
Solté una risa amarga.
—Todos seguís diciendo eso.
Marcus bajó la cabeza.
—Y todos nos equivocamos.
Aquella fue la primera disculpa sincera que había escuchado aquella noche.
Entonces recordé la carta.
Todavía estaba dentro del sobre.
La abrí.
Reconocí inmediatamente la letra de mi madre.
Claire:
Si estás leyendo esto, significa que Alistair ha encontrado el compartimento que preparé o que Paisley lo ha descubierto antes que él.
Miré a Alistair.
—¿Mi madre estuvo en esta casa?
Él no respondió.
Continué leyendo.
No confíes en las apariencias. El dinero de tu padre nunca fue el verdadero objetivo. Edmund necesita a Paisley por algo que ocurrió ocho años antes de que ella naciera.
Pasé a la segunda página.
Había una copia de un certificado.
No era financiero.
Era médico.
En la parte superior aparecía el nombre de mi padre.
Debajo había una serie de resultados genéticos.
Y al final, una nota escrita a mano:
«Edmund Pembroke no es hermano biológico de Charles Pembroke.»
Alexander leyó por encima de mi hombro.
—Dios mío.
Ahora entendía parte del problema.
Si Edmund no era realmente un Pembroke, podía perder cualquier derecho que todavía conservara dentro de determinadas estructuras familiares.
Pero seguía sin explicar a Paisley.
Leí la última línea.
Y entonces todo cambió.
«Paisley es la única persona viva que puede demostrar quién es realmente Edmund.»
Miré a mi hija.
Ella no entendía nada.
Yo tampoco.
Entonces Julian gritó desde abajo:
—¡Claire!
Bajé corriendo.
Estaba frente al ordenador.
Un punto parpadeaba sobre un mapa de España.
—He encontrado el origen aproximado de la llamada de mamá.
—¿Dónde?
Amplió el mapa.
Madrid.
Después una zona al norte de la ciudad.
Finalmente apareció una dirección.
Sebastian la reconoció inmediatamente.
—No puede ser.
—¿Qué lugar es?
Alexander respondió.
—Una propiedad que perteneció a nuestro padre.
Julian abrió imágenes recientes.
La finca parecía abandonada.
Pero una fotografía tomada aquella misma tarde mostraba un coche negro entrando por la puerta.
Julian amplió la matrícula.
Estaba registrada a nombre de una empresa.
La misma empresa que había comprado los billetes de Paisley.
Entonces el teléfono satelital volvió a sonar.
Esta vez contesté inmediatamente.
—¿Mamá?
Escuché su respiración.
—Claire, tienes que venir a Madrid.
—Primero dime qué quieren de Paisley.
Silencio.
—Mamá.
Finalmente respondió:
—Una prueba genética.
—¿Para qué?
Su voz se quebró.
—Porque si Edmund consigue demostrar lo que cree sobre Paisley, no solo podrá reclamar una parte del imperio Pembroke.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Qué cree?
Mi madre tardó varios segundos en responder.
—Que Paisley no es hija de Alistair.
Miré lentamente hacia mi marido.
Alistair parecía tan confundido como yo.
—Eso es imposible.
—No, Claire.
La siguiente frase me dejó completamente inmóvil.
—Porque Alistair nunca pudo tener hijos.
Y detrás de la voz de mi madre escuché otra voz masculina.
—Se acabó el tiempo, Eleanor.
Mi madre susurró rápidamente:
—No vengas sola.
Después se oyó un golpe.
La llamada terminó.
Pero esta vez Julian había conseguido algo que antes no tenía.
Una ubicación exacta.
Y mientras todos mirábamos el punto rojo sobre el mapa de Madrid, Alistair se dejó caer en una silla.
Tenía lágrimas en los ojos.
—Claire...
Me volví hacia él.
—¿Qué?
—Hay algo sobre el nacimiento de Paisley que nunca te conté.
Y supe que todavía no habíamos descubierto ni la mitad de la verdad.






